Botafogo le ganó a Atlético Mineiro y se consagró campeón de la Copa Libertadores 2024

Épica. Perteneciente o relativo a la epopeya. En el deporte, la capacidad que tiene un individuo o un equipo de reponerse a la adversidad y conseguir un resultado histórico. Porque planificar una final continental, las salidas, las presiones, las transiciones y las pelotas paradas, pero tener que jugar 10 vs. 11 los 90’ es una desgracia mucho más grande que ir perdiendo por uno o dos goles desde el saque inicial.
Y el fútbol, a pesar de alguna que otra excepción, es justo: Botafogo es el mejor equipo de Río de Janeiro, de Brasil y de la Copa Libertadores. Porque a pesar de luchar con una sola mano (y la hábil), en un Estadio Monumental pintado de blanco y negro, se las arregló para ser mejor que el Atlético Mineiro y llevarse su primera estrella al Nilton Santos.
30 segundo duraron las especulaciones, los análisis previos, el movimiento de fichas y lo planificado durante todo el mes. 30 segundos. Pasado de revoluciones, George, el titiritero y motor del Botafogo, estampó sus botines de aluminio en la cara de Fausto Vera y Facundo Tello, sin que le el contexto lo haga titubear, lo mandó a ducharse sin una sola gota de sudor. La Sívori explotó. La Centenario quedó perpleja. Al minuto, ni el más optimista Fogao hubiese pensado que quienes terminarían festejando serían aquellos situados sobre la Figueroa Alcorta. Bendito fútbol.
Se rompió el partido, obligando a ambos equipos a tomar posturas distintas a las habituales. Atlético Mineiro asumió la posesión de la pelota y el control del territorio, mientras que el Botafogo, herido de gravedad y en inferioridad numérica, no tuvo más remedio que replegarse y resistir. No obstante, en ningún momento de la primera mitad se notó que el partido estuviese 11 contra 10. Al contrario. La parsimoniosa tenencia de la pelota del conjunto de Milito no destrabó jamás el ordenado y perfecto trabajo defensivo del Fogao, comandado por un Alexander Barbosa en un nivel extraordinario.